Una amiga mía, especialmente sensible a la violencia simbólica ejercida en forma de represión estética sobre casi todas las personas y especialmente sobre las de género femenino, me recomendó hace tiempo un blog sobre relaciones e inteligencia emocional-social llamado Relationship Surgery. Según ella, hablan de psicología y suelen dar muchos consejos para reforzar la propia autoestima y sentirse a gusto, bien dans sa peau. Debo reconocer que el nombre me hizo gracia, y le de vez en cuando le echo un vistazo. Ignoro si es escrito y coordinado por profesionales de la psicología, aunque puedo decir que -en general- sus contenidos poseen un enfoque bastante acertado y, a la vez, ameno y desacomplejado. Como bien canta Beyoncé, en este mundo en el que vivimos it’s the soul that needs the surgery; y también, claro está, las relaciones humanas que emanan y se construyen día a día a partir de la interacción, mediante diferentes canales comunicativos, de millones de estas almas tributarias de tratamiento quirúrgico.

Como seguidora ocasional de este blog, hace días me sorprendió la publicación de un artículo, titulado 22 things happy people do differently(“22 cosas que las personas felices hacen de forma diferente [respecto a las no felices]”). Las lectoras y lectores habituales ya sabéis que en esta página -como ocurre, en general, en cualquier sitio llevado por personas académicamente formadas- solemos ser muy escépticos ante expresiones como “tal alimento cura el cáncer” (¿qué cáncer?, ¡como si sólo existiera un tipo de célula o un único camino oncogénico!), “tal o cual alimento o práctica es buenísima/malísimo” (pero bueno… ¿en qué cantidad y frecuencia?, ¿lo es para todo el mundo y en todas las situaciones del universo?, ¡como si no existieran la complejidad humana y la casuística particular!”…); por ende, suelo ser bastante cauta ante conceptos tan altisonantes como “felicidad”, puesto que dichas ideas -qué queréis que os diga- le imponen a una mucho respeto metafísico. Prefiero usar otras expresiones alternativas, como bienestar, o hablar de hábitos adaptativos, más que correctos o incorrectos. No obstante, seguí leyendo y creo que el breve artículo que dirigen a sus seguidores merece una lectura atenta y, por lo menos, una reflexión. Me preocupa, además, como ya he dicho en alguna otra ocasión, la asociación cada vez más arraigada en nuestra sociedad -por ser usada frecuentemente, de forma más o menos explícita, como reclamo publicitario, y legitimada por los mass media- entre la delgadez y los conceptos de felicidad o éxito.

Por ello, me he propuesto ir citando y comentando los veintidós consejos profelicidad que ofrece el blog, divididos en áreas temáticas y de forma especialmente dedicada a aquellas personas que se sienten insatisfechas con su imagen corporal o con otros aspectos de su persona o de su vida, y creen que modificándolos serían un poco -o incluso considerablemente- más felices.

Empecemos, pues, con la introducción del artículo original (las traducciones son mías y reconozco que algo libres, por lo que se pueden consultar los originales en el enlace que he citado hace un momento). En las próximas semanas se irán publicando los artículos que contienen mis comentarios sobre los diferentes consejos.

“Existen dos tipos de personas en el mundo: las que eligen ser felices, y las que eligen ser infelices. Contrariamente a lo que se cree popularmente, la felicidad no surge de la fama, la fortuna, las demás personas o las posesiones materiales, sino que viene de dentro. La persona más rica del mundo puede, sin embargo, ser miserable, mientras que una persona sin hogar puede ir por la vida sonriendo y sentirse perfectamente consigo misma y con su vida. Las personas felices lo son porque se hacen a sí mismas felices. Mantienen una perspectiva positiva sobre la vida y permanecen en paz consigo mismas.
La cuestión es: ¿cómo logran hacerlo?
Es bastante sencillo. Las personas felices poseen buenos hábitos que mejoran sus vidas. Hacen las cosas de una forma diferente. Pregunta a cualquier persona feliz, y te dirá que…”

A mi entender, esta es una introducción algo simplista y culpabilizadora, puesto que parece que una vez más nos quieren cargar con toda la responsabilidad sobre nuestros sufrimientos de toda clase. No muy alejado de los argumentos de quienes defienden que las personas pobres lo son porque son unas vagas; que la juventud española, rebosante de talento y formación, no encuentra un trabajo digno porque no le da la gana irse a Londres a servir cafés; que las mujeres son agredidas sexualmente porque visten muy provocativas o porque escriben su nombre completo en el buzón de su casa cuando viven solas; o que quien desarrolla una enfermedad neoplásica es igualmente culpable porque en su día no se hartó a comer, pongamos por caso, acelgas (o, si lo hizo, ¡seguro que no eran suficientemente biológicas!). Sobra decir, pues, que quienes no son felices es porque no quieren, por sus malos hábitos emocionales, porque la felicidad -¡y más en un contexto social tan proclive a la génesis de bienestar como el nuestro!- está al alcance de cualquiera. Quizás a alguien le suene que algunas personas nacen con determinados alelos en los loci de ciertos genes, como por ejemplo el del transportador de la serotonina, que les predisponen a reaccionar de determinada forma en caso de verse expuestas a acontecimientos vitales adversos: pero no, esto seguramente no sean más que tonterías biologicistas, porque la felicidad la construye y depende exclusivamente de un@ mism@… (conste que quien escribe esto es tan biologicista cuando toca como construccionista convencida cuando es sensato serlo, dos perspectivas que -dicho sea de paso- no están, que yo sepa, reñidas).

Siendo todo ello cierto, no obstante, existen una serie de hábitos o buenas prácticas a nivel psicológico, en las esferas emocional, cognitiva, conductual y relacional, que pueden contribuir a aumentar nuestro bienestar, y que a mi entender se hallan en el fondo de esta serie de consejos bienintencionados que no sólo páginas como Relationship Surgery, sino también infinidad de amistades, familiares, conocidos y desconocidos nos proporcionan a menudo. Es mi objetivo comentarlos a lo largo de los artículos que seguirán a éste, ofreciendo una visión lo más amena y realista posible del efecto -nada despreciable- que nuestra forma de vivir ejerce sobre nuestro bienestar.

Acceso al resto de los artículos de esta serie:

La vida no es (tan) difícil: gestión adaptativa de las emociones
La vida no es (tan) difícil: habilidades de planificación y resolución de problemas (problem-solving)
La vida no es (tan) difícil: cultivar la dimensión individual y la introspección
La vida no es (tan) difícil: mens sana in corpore sano (y viceversa)
La vida no es (tan) difícil: habilidades relacionales que ahorran problemas
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